domingo, 15 de marzo de 2015

LA CASA ENCANTADA

La casa colgada del abismo tiene un nuevo inquilino. Es una Infanta, lo sé porque la he visto. Escondido dos noches seguidas tras una lápida del cementerio la vi asomarse por la ventana que da al norte. Lleva un camisón blanco. Sus cabellos rubios caen como ondas velando su rostro. Y sus ojos, brillantes como cuchillos incandescentes, parece que te miran desde la eternidad.

He preguntado a los vecinos y dicen que el palacio está vacío, que lleva un siglo abandonado. Incluso me he acercado hasta la casa del pueblo, me han dicho que no han recibido nuevas solicitudes para entrar en esta ciudadela, que las puertas están trabadas desde hace trece meses.
El alguacil ha publicado un bando: “Debemos prepararnos para combatir, defender las murallas hasta la muerte”. Me absorbe el exceso de trabajo en la herrería y no puedo indagar en los libros antiguos.
Así que ha llegado el momento. Aprovecho la oscuridad de la noche. Sé cómo desmontar una ventana en un minuto. Dejo atrás el sótano. Las escaleras de caracol me llevan hasta la última morada. Apenas percibo un susurro, algo parecido a una plegaria:
“Desde la tierra al cielo va…”
Se abre la puerta, muy lentamente.
Iván –me dice con sus ojos-, no me sigas.
- Espera –le digo a su boca de seda-. Iré contigo.
- Es inútil –responde-.
Cuando se lanzó por el balcón, intenté asirla pero se desvaneció como una sombra. La vi llegar hasta el pretil del puente, desde allí me miró una última vez, y desapareció por el fondo del barranco.
La gente me mira y murmulla a mis espaldas. Me señalan con el dedo y dicen: “Ese es Iván, el herrero loco, que se enamoró de la Fata Morgana”.
Ellos no entienden que yo todavía escucho su lamento, como una canción:
“Hay un puente de cristal…”
Es un sonido parecido al tintineo de mi martillo sobre el metal enrojecido cuando le doy forma a una nueva espada.