Esta tarde vamos a hablar entre otras cosas de: pintura, escultura, narrativa, música, cine, deporte y poesía (para eso estamos en un Aula Poética).
Haruki Murakami nace en Kioto (Japón), un 12 de enero de 1949, es de la llamada generación del ‘Baby boom’ tras la 2ª Guerra Mundial.
Su abuelo paterno fue monje budista, el materno mercader en Osaka, y sus padres profesores de literatura japonesa.
Crece en Kobe y como alumno de la escuela primaria pasa desapercibido. Luego se muda a Tokio, estudiando del 73 al 78 en la Universidad privada de Waseda: drama griego y literatura. Se aficiona a la música y al béisbol y conoce a Yoko que se convertirá en su esposa.
Después de la Universidad, Murakami y su mujer abren un pequeño bar de jazz, que dirigen durante siete años.
Han vivido también en Grecia, Italia y Estados Unidos. Haruki y Yoko, como un rechazo al vínculo familiar, decidieron no tener hijos en parte al no tener la misma confianza, que tenían sus padres, de que después de la guerra, el mundo seguiría mejorando.
![]() |
Haruki Murakami y Yoko |
Murakami explica cómo se
convirtió en novelista: «Puedo señalar el día y la hora en que tomé
esa decisión. Fue aproximadamente a la una y media de la tarde del 1 de abril
de 1978. Ese día tomaba una cerveza mientras veía desde la grada exterior del
estadio Jingu un partido de béisbol... En aquella época yo era un ferviente
admirador de los Yakult Swallows (algo así como los Yogures bebibles). Hacía un
espléndido día de primavera... El agudo sonido del bate impactando de lleno en
aquella bola rápida resonó en todo el estadio. Hilton superó ágilmente la
primera base y alcanzó con facilidad la segunda. En ese preciso instante me
dije: Ya está, voy a probar a escribir una novela... Así que fui a la librería Kinokuniya de
Shinjuku, me compré un paquete de folios con cuadrícula y una pluma Sailor de
unos mil yens... Eso fue en primavera, y para otoño ya había terminado de
escribir unas doscientas páginas de la novela Escucha la canción del viento».
En cuanto a su forma de escribir se levanta a las 5 de la mañana
y enseguida se pone a trabajar. Un día, preparándose un café en su apartamento
de Tokio, Yoko su mujer dormía, era un 12 de enero, escuchó en la radio que el
emperador iba a plantar un árbol y que un barco británico de pasajeros llegaba
al puerto de Yokohama, justo después oyó que varios personajes famosos cumplían
años y él estaba entre ellos. Tras un primer instante de perplejidad comenzó a
llorar, admitió que desde que cumplió los 50 no quería cumplir más años, que
posiblemente no pasaría de los 52. Y él se preguntaba ¿Cuánta gente habrá
escuchado mi nombre? ¿Quién más habrá cumplido años ese día?
Siente pánico a convertirse en
una celebridad, y por eso no va a fiestas, no sale en TV, ni va por librerías,
no da charlas, es decir no quiere ser reconocido por la calle, disfruta
viajando de incógnito y yendo a las tiendas de discos viejos en EEUU. Termina
de trabajar de esta forma: «Cada día me detengo justo en el punto donde siento
que puedo seguir escribiendo. Y así, al día siguiente, continúo sin problemas.
Creo que Ernest Hemingway hizo algo
parecido».
Influencias:
En su obra no se puede hablar
de una influencia única; él mismo es traductor de algunos autores americanos,
admira a Raymond Chandler, Hemingway y sobre todo a Scott Fitgerald, de quien
dice que es el mejor escritor.
Premios:
Ha alcanzado, entre otros, el
Premio Kafka, el Anderssen, el de Jerusalén y el Mundial de Fantasía y hace tan
solo un par de semanas el Premio Princesa de Asturias de las letras.
Con respecto al Premio Nobel, supongo
que no se lo han concedido por culpa de su compatriota el escritor moralista Kenzaburo Oé, que lo consiguió en el
94, o tal vez por el anglojaponés Kazuo
Ishiguro hace tan sólo seis años.
La obra de Murakami ha sido
traducida a más de cincuenta idiomas.
Quiero hacer constar que no me considero un experto en Murakami, como Nakayama o Yüshida, autores de un libro sobre los escritores de la Generación abandonada y olvidada, a la que pertenece Murakami, ellos destacan las siguientes
características:
(1) Simpatía por los
marginados: enfermos, locos y homosexuales.
(2) Filosofía hedonista y
estoica con el culto al cuerpo.
(3) Ambivalencia ante la moral,
la política y la realidad.
Para esa generación, heredera
del mayo del 68, esa familia que nace del romanticismo con su ideal de libertad
individual, se ha transformado en instrumento de opresión. y en el Japón actual,
como en todos los países consumistas y altamente desarrollados, la familia está
destruyéndose desde dentro. Eso opinan Nakayama
y Yüshida, que aseguran: «Las niñas
que estudian bachillerato se prostituyen para vestirse de Chanel o Hermés. Los alumnos
maltratan a sus compañeros por puro placer. Hay adolescentes que matan a sus
padres, y padres que matan a sus hijos». En este caos apocalíptico surgen voces
que plantean la vuelta al fascismo. Algo a lo que se opone Murakami. En sus
obras no hay una relación sentimental entre los miembros familiares. Las
mujeres abandonan a sus maridos. Los hijos se escapan de casa con quince años. A
él le importan más los amigos que la familia.
Lo que menos me gusta de su
obra son las
repeticiones, repite frases enteras, por ejemplo en un cuento corto Confesiones
de un mono de Shinagawa, el narrador repite por lo menos siete veces que el
mono le roba el nombre a otras tantas mujeres.
Esas repeticiones las achaco en
principio al traductor, que puede hacerlo por motivos económicos, si la
editorial le paga por palabra traducida... No son repeticiones como en La
Odisea (un poema que todo el mundo ha leído en prosa), cuando comienza casi
cada capítulo con la frase: «Se levantó la Aurora de rosáceos dedos», y los
acaba con la coletilla: «Desde allí seguimos adelante, escapando gustosos de la
muerte, aunque perdimos algunos compañeros».
Murakami es un enamorado de la
música (clásica, moderna, jazz). En la música sí hay repeticiones constantemente,
por poner dos ejemplos recordemos la canción de los Beatles, Let it be o el famoso Bolero de Ravel.
Escribió un libro (muy
aburrido) llamado Música, sólo música. Quizá me estoy pasando y
bueno quizá los diálogos entre dos expertos Murakami y Ozawa solo
sean para entendidos. Hay algo que sí se puede subrayar, en un momento dado se
pregunta: «¿Quién manda en un concierto, el violinista (solista), o el
director? La respuesta es que el director ensaya una obra durante un par de
semanas y el solista le dedica al menos seis meses».
Como recomendación sugiero que
cuando os adentréis en la lectura de cualquier libro de Murakami, tengáis un
buen equipo de música al lado y escuchéis las piezas que sus personajes van
descubriendo.
Luego compara la música con el
deporte. A Murakami los deportes que le atraen son: el béisbol como deporte de
equipo y el atletismo como asiduo practicante. Murakami publicó un ensayo: Qué quiero decir cuando hablo de correr. Él
mismo empezó a correr a los 33 años, y completó su primera ultramaratón de 100
km. a los 47.
Sobre la cuestión de los Nombres en algunos de sus cuentos y
novelas, el protagonista es un narrador que carece de nombre. Uno de sus
personajes, y es de suponer que también el propio Murakami, se sabe de carrerilla los nombres de todos los asesinos
de las novelitas de Ellery Queen.
En Los años de peregrinación del chico sin
color, la trama comienza con un grupo de estudiantes adolescentes,
tres chicos y dos chicas, el protagonista Tsukuru (hacer), es expulsado de ese
grupo porque no tiene en su nombre referencia a ningún color, como sí ocurre
con los otros cuatro. Las chicas se llaman: Shiro (blanco) y Kuro (negro); los
chicos: Ao (Azul) y Aka (rojo). El propio Haruki Murakami, y es una
interpretación particular, sería Haru (primavera), ki (aire), Mura (Cabello) y
Kami (desordenado), algo así como Cabello desordenado por el aire de primavera,
o sea, más o menos en español Pelo de remolino.
A Murakami le atrae el lector
que se identifica con sus personajes, él busca un lector contagiado: «Si
escribo sobre alguien que bebe una cerveza, espero que el lector se quiera
beber otra. Y si alguien enferma en mi relato, espero del lector que sienta los
mismos síntomas». En esa catalepsia del lector, hay que acercarse a leer a
Murakami unas veces con el corazón y otras con el hígado, pero siempre
visceralmente.
Murakami tiene en su armario de
fabulador un zoo completo: osos, monos, ranas, gatos, y todos ellos parlantes.
Johnny Walken, personaje de Kafka en la
orilla, le explica a Nakata por qué asesina a los gatos y después les saca
el corazón: lo hace para reunir sus almas y fabricar una flauta. Al tocar esa
flauta podrá reunir almas más grandes que le permitirán fabricar otra flauta
mayor, y al final puede que consiga hacer una enorme flauta cósmica.
De qué hablo cuando hablo de escribir:
Es otro de los ensayos de Murakami, en el que dice en 2008: que
«Escribir una novela, es como plantar
un bosque, y escribir cuentos es parecido a plantar un jardín».
A lo cual añado yo, escribir
poesía, sería como regar una maceta.
En realidad un bosque no se
planta, se habita, y en las novelas de Murakami, ese habitante es un ser frágil
que está a merced de fuerzas misteriosas. El jardín de Murakami, no es como el de El
Resplandor de Stephen King, que
se puede convertir en laberinto, o el del cuento La bella durmiente que crece salvaje; el de Murakami es un jardín imaginario con música, fuentes y flores,
creado de forma exquisita: parece flotar en el aire.
Las estanterías de una biblioteca están llenas de libros, un
libro es parecido a una piedra bruta hasta que comienzas a leer. Como en una
escultura, esa piedra bruta, coexiste con los primeros martillazos del cincel, y
en el resultado final siempre hay como un entusiamo primitivo. Cuando uno lee
se establece una especie de metalepsis, una conexión con los autores del
pasado, es decir, lees la Metamorfosis de Kafka,
y tienes presente las de Ovidio; o también
podemos leer el Ulises de Joyce, y
no olvidas La Odisea de Homero.
Por el mismo motivo leemos a Murakami y recordamos a Kafka o al lejano Sócrates, el cual, a través de Platón,
nos dice que los grandes escritores son como imanes que nos suspenden en el
aire, como si una fuerza invisible pasara de los dioses al poeta, y del poeta
al intérprete y al público.
Los personajes de Murakami, recordando la famosa parábola
de Platón, se agitan en la oscuridad
de una caverna y se quieren liberar de esa fuerza magnética que les atrae hacia
una realidad a veces soñada, o imaginada. En esa sociedad kafkiana donde el
Estado es todopoderoso, el Gran Hermano de Orwell
está presente y los personajes solo pueden rascar con un palillo el muro que
separa la ilusión de la realidad.
Vamos a ir comentando brevemente
la producción
literaria de Murakami por orden desde el 78, durante 45 años, hasta
la fecha actual.
Escucha la canción del viento.
Esta ópera prima ganó el Premio
de Literatura Gunzou para escritores en ciernes en 1979. Junto a Pinball 1973 del año 80 y La caza del carnero salvaje del 82 forman ‘la trilogía de
la rata’. Los antepasados de los humildes campesinos de la provincia
del norte, emigran a la tierra deshabitada de Hokkaido huyendo de la pobreza. La
vida de los inmigrantes era difícil y penosa. El futuro dictador, y todo esto
es real, nace allí en 1913, abandona el pueblo a los 12 años. Se afilia a un
grupo fascista y en el 32 lo encarcelan por un crimen político. En 1936, cuando
todavía sigue en la cárcel aquel joven pobre, es poseído por un carnero con la
señal de una estrella en el lomo. Es el mismo carnero que había concedido el
poder a Gengis Kan (en el siglo XII), y al salir de prisión en el verano del
mismo año se convierte en líder fascista.
Con el apoyo del carnero se
hace millonario compra el Partido Conservador, y algunas compañías importantes de
publicidad, y así empieza a dominar el Japón de la posguerra.
(1985) El fin del mundo y un despiadado país de
las maravillas
¿Cómo entender a Haruki Murakami en esta locura muy al estilo de la Alicia de Lewis Carroll? Es curioso que en esta novela hace una semblanza de
Bob Dylan, quien le despojaría del Nobel de Literatura: “Su voz es como la de
un niño, que está viendo llover delante de una ventana”. Esta novela utiliza el recurso
de alternar las escenas de dos mundos dispares, engarzados como una doble
hélice adenoidal. Los capítulos impares transcurren en los primeros días de un
octubre de fin de siglo, de un funcionario, que parece arrancado del Castillo
de Kafka, un personaje cuyo oficio
de calculador lo arrastra por laberintos subterráneos para descubrir que en su
cabeza han instalado una rutina informática. Una sinapsis desconectará su
cerebro: “el fin del mundo”, clave que lo lleva a una ciudadela imaginada en un
mundo paralelo, donde los unicornios se alimentan del corazón y las sombras
languidecen hasta morir. Hay un puñado de personajes sin
nombre, porque “quién recuerda los nombres de los Hermanos Karamazov: Mitia, Ivan,
Aliosha y el bastardo Smerdiakov”, por lo que parece sugerir que nosotros,
lectores, tenemos que bautizar a esos personajes. Alicia, sería sin duda, la
joven gordita con sus vestidos de color rosa, y Peter Pan el lector de viejos
sueños, que pierde su sombra al entrar en la Ciudadela. Es extraño que en un libro de 400
páginas, los únicos nombres que aparecen son los de autores, directores, actores,
músicos con sus baladas y pintores. Y sus personajes van rellenando el vacío
del que se retroalimenta la novela. Así, de alguna manera: ella, la chica, la
bibliotecaria, el anciano, el gigante, el conejo, el guardián, el coronel, el
abuelo, forman lo único que encontramos, como si el mundo fuera un cascarón roto,
y por algún lugar se hubieran perdido los nombres que otorgan la magia a los
personajes.
(1987) Tokio blues. Obra
autobiográfica, aunque no está inspirada en su propia familia, narra
simplemente la historia de un hombre solitario, cuya novia enloquece después de
marcharse con un amigo suyo, y al encontrarse con una mujer que acaba de perder
a sus padres, se casa con ella.
Es su primer éxito literario viaja
por Europa y América, pero después del terremoto de Kobe y el ataque con gas
sarín en el metro de Tokio en el 95, vuelve a su país. Se entrevista con
víctimas supervivientes, así como con miembros de la secta religiosa Verdad
Suprema responsable del atentado. A partir de estas entrevistas, publica un par
de libros, que se combinaron para formar Underground.
(1992) Al sur de la frontera, al oeste del Sol
Compara a la mujer con una
estrella lejana: «Esa estrella brillante, es posible que ya no exista, pero su
luz me parece más real que cualquier otra cosa. Tú estás aquí, o eso parece,
pero quizá no lo estés, puede que seas una especie de reflejo, y la auténtica Shimamoto, desapareció hace mucho
tiempo y se encuentra en otro lugar. Cada vez estoy menos seguro».
(1995) Crónica del pájaro que da cuerda al mundo.
Tooru Okada, en un intento por encontrar una lógica a los sucesos extraños que
le suceden desde que recibió la llamada de una mujer desconocida, baja a un
pozo a reflexionar. May Kasahara, una muchacha de 16 años, le quita la escala
del pozo y le dice: «Oye, señor pájaro-que-da-cuerda, ¿te das cuenta de que si
me diera la gana, te morirías ahí dentro? Soy la única persona que sabe que
estás aquí. Te he escondido la escala. ¿Te das cuenta? Si me largara, te
morirías. Aunque gritaras, nadie te oiría. Tu mujer se ha largado y no trabajas
en ningún sitio. Nadie se daría cuenta de que has desaparecido.»
Otro de sus personajes, el teniente Mamiya, es arrojado al fondo de un pozo profundo. Saldrá de ese
pozo pero, tras enfrentarse a su propia conciencia, perderá la voluntad de
vivir: «Ser yo, es una prisión sin
esperanza».
Hay más de mil y una historias
sobre pozos
en el inconsciente colectivo. Encontramos pozos de los deseos en cualquier
sitio. En un pasaje bíblico, a José lo abandonan sus hermanos en un pozo antes
de llegar a ser la persona más influyente de Egipto después del faraón. En el
juego de la Oca, si caes en la casilla número 31, la del pozo, no puedes volver
a jugar hasta que otro jugador caiga en la misma casilla. En China, en el I
Ching, el libro de los cambios, se dice que todos los problemas proceden del
pozo de la India. La simbología asociada es como un pozo sin fondo.
«El sueño de mi vida, llega a
confesar Murakami en una entrevista,
es estar sentado en el fondo de un pozo. Creo que por mucho que esté encerrado
en un lugar oscuro y estrecho, alguien aparecerá para guiarme».
Todo esto parece indicar que
los pozos en la obra de Murakami, son como el deseo inconsciente de regresar al
útero materno.
(1999) Sputnik, mi amor
Una de sus novelas más sencillas
donde subyace la idea de que el amor es imposible. Aquí aparece el tema de la
violación, un tema que será recurrente en toda la obra de Murakami. Myu, la
empresaria, pasa toda la noche subida a una Noria por un despiste del encargado,
y esa noche desde lo alto de la noria ve el edificio donde vive, en su piso un
individuo la está violando, a ella. El resultado de todo está en que su pelo se
vuelve blanco prematuramente.
(2002) Kafka en la orilla
Un joven bibliotecario de nombre Katka despierta una mañana con las manos manchadas de sangre, y se pregunta si ha podido matar a su padre a pesar de estar tan lejos de casa: «Quizá lo maté a través de algún tipo de sueño especial». También, a través de los sueños, hace el amor con su madre y con su hermana, algo que no puede admitir.
(2009) 1Q84
En japonés la letra Q (quiu) se pronuncia igual que el número 9. Estamos en la distopía del Gran Hermano de Orwell, de su libro 1984, que hay que recordar es un libro futurista, publicado en 1949, el año de nacimiento de Murakami. Fue el primer libro de Murakami que cayó en mis manos, y a pesar de las repeticiones que ensombrecen sus páginas lo he vuelto a leer años después. Yo ya tenía escrito en Facebook en 2011 que «El dia que aparezcan dos lunas (una grande y amarilla y otra pequeña y verde) por los arcos ojivales de la Catedral de Cuenca, a Haruki Murakami le concederán el Nobel». Quizá en un mundo paralelo de 1Q84 ya se lo han concedido.
(2013) Los años de peregrinación del chico sin color
Aquí ocurre lo mismo que después veremos en La muerte del Comendador. Tsukuru Tazaki, en un sueño viola y deja embarazada a una joven que termina suicidándose. Parece que en los temas de las relaciones sexuales no consentidas y la amistad entre hombres, la homosexualidad, en la obra de Murakami, hubiera encontrado su canal de expresión, o su excusa, en el sueño, o en el deseo inconsciente de su realización a través de mundos paralelos.
(2017) La muerte del Comendador
El protagonista, es un pintor de 36 años, retratista de empresarios de notable éxito en Tokio, donde vive con su esposa, Yuzu. Ella, tras seis años casados, le dice que tiene una relación con otro hombre y el protagonista, en proceso de divorcio, decide viajar en su coche por la costa de Japón.
Un amigo le deja una casa en medio del bosque y descubre en un desván un cuadro descatalogado, una obra maestra, que lleva por título La muerte del Comendador, basado en la ópera Don Giovanni de Mozart. Termina regresando con su esposa Yuzu.
«Hice el amor con Yuzu, en una especie de sueño mientras viajaba solo de ciudad en ciudad. Me colé en sus sueños y como resultado se quedó embarazada. Dio a luz a los nueve meses. Había fecundado a Yuzu en un mundo paralelo».
De su colección de cuentos del
año 2000 Después
del terremoto, destaco
Rana salva Tokio:
«Al regresar a su apartamento,
Katagiri se encontró con una enorme rana que lo estaba esperando». Cómo no lo
vamos a comparar con el comienzo de La Metamorfosis, de Kafka: «Una mañana, tras un sueño intranquilo, Gregorio Samsa se
despertó convertido en un monstruoso insecto».
En esta novela una lombriz gigante vive en las entrañas de la Tierra, despierta de su letargo tras el terremoto de Kobe del 95, y está llena de odio. Rana se presenta para evitar otro terremoto y así salvar la vida de 150.000 personas y la devastación de Tokio. Aquí vemos su filosofía de galletitas de la suerte. Rana cita a Nietzsche: «El grado más alto del conocimiento se alcanza con la superación del miedo». y a Konrad: «El auténtico terror es el que se siente hacia la propia imaginación», y también a Hemingway: «El valor definitivo de nuestra vida no lo decide nuestra manera de ganar sino nuestra forma de perder». Esta fantasía nos presenta la filosofía que ha ido adquiriendo de sus autores favoritos adaptados a un budismo zen de galletitas de la suerte. «El valor de la vida humana, dice citando a Dostoievsky, es una terrible paradoja según la cual, el hombre que ha creado a Dios es abandonado por ese mismo Dios». Sin embargo, y aquí perdonamos a Murakami tanta filosofía barata, ya que en una de sus entrevistas dice: «En un mundo en el que Dios ha muerto, sólo el arte y la literatura pueden salvar al hombre».
En Tokio blues, también nos presenta esta misma filosofía: «La vida es como una caja de galletas, las hay de muchas clases, algunas te gustan y te las comes y al final sólo quedan en la caja las que no te gustan. Por eso, cuando lo paso mal, pienso: Hay que acabar con esto cuanto antes, ya vendrán tiempos mejores, porque la vida es como una caja de galletas».
Y del año (2020) en la
colección Primera
persona del singular. Áspera piedra, fría almohada:
Es una reflexión sobre la vejez: «Cómo pasa el tiempo. Han transcurrido ya muchos años... Envejecemos lo que dura un parpadeo, todo parece tan breve, no hay marcha atrás, cada momento es un paso más hacia la decadencia y la extinción. Basta un instante, para que transiten del ámbito de lo que existe a lo que no existe, una gran cantidad de cosas, que son arrastradas como hojas de otoño por el viento frío de medianoche, sin dejar tras de sí vestigio alguno, solo recuerdos borrosos en los que no se puede confiar».
Murakami confiesa que una vez
publicada una novela se olvida de ella. No ocurre lo mismo con los cuentos, que
a veces lo zarandean en sueños hasta derpertarlo y le gritan: «¡Eh, que este no
es momento de dormir! ¡No puedes olvidarte de mí, aún te quedan cosas por
escribir!». Los cuentos son como bocetos de una futura novela como ocurre con La ciudad y sus muros inciertos su última
obra (no traducida todavía), seis años después de La muerte del Comendador, con más de 600 páginas, procede de un
cuento antiguo del mismo título. «Todo lo que escribo, asegura, es un cuento
extraño».
Las mujeres
son tiernas, sensibles, melancólicas, apasionadas, solitarias, tan
desorientadas como puedan estarlo los hombres, pero más complejas.
«Como decía Carl Jung –asegura Murakami-, las personas tenemos dos mitades. Una masculina y otra
femenina. Cuando creo una mujer, me adentro en mi parte femenina. En la vida
real soy un hombre y me siento como tal, pero cuando escribo sobre una mujer,
me empeño en ponerme en su lugar».
En la caza del carnero salvaje
hay una reflexión sobre La Soledad:
El narrador abandonado por su mujer dice «Me levantaba cada mañana a las 7, preparaba café, tostaba el pan, iba a trabajar, cenaba fuera, tomaba unas copas y, de vuelta a casa, me pasaba unas horas leyendo en la cama antes de apagar la luz. Los sábados y domingos, al no trabajar, iba por la mañana de cine en cine, y así mataba el tiempo; para no variar, cenaba solo, bebía unas copas y me dormía tras mi consabida lectura. De este modo, siguiendo el proceder de la gente que tacha uno tras otro los días del calendario, logré sobrevivir aquel mes».
En algún sitio he leído que
tanto Murakami, como Kafka, tienen un gran sentido del humor.
Al revés de lo que siempre hemos imaginado, Kafka, escritor oscuro, masoquista, acomplejado, que al final de su
vida quería quemar toda su obra. La verdad es que no soy capaz de encontrar
humor en ninguna de las páginas de Murakami,
Y tampoco me lo imagino riendo a carcajadas como Cervantes cuando escribe los diálogos del Quijote.
Aparte de la concesión merecida
del Premio Princesa de Asturias de las
Letras, otro motivo por el que destaco, en este Aula Poética, la figura de un escritor como Murakami, es por la de ser un narrador de una historia única. Igual que Homero está narrando la misma historia: la guerra de Troya, Murakami, y esta es la conclusión que yo saco de sus lecturas,
narra la guerra del individuo contra el estado totalitario, que como en Kafka, es una lucha sin esperanza, una lucha
perdida contra la memoria de los libros que desaparecen por el fuego o el
olvido.
Para finalizar propongo un pequeño ejercicio.
En una novela de Agatha Christie,
imaginamos el escenario: una mansión, una reunión en la Biblioteca, las luces
se apagan, se oye un grito, se encienden las luces y aparece un cadáver. Seguro
que Monsieur Poirot nos deslumbrará con su ingenio, para al final señalar al asesino.
En una novela de Murakami, la mansión se transforma en
una isla, sabemos que ha ocurrido un crimen, pero no hay cadáver, solo se
encuentra el vestido ensangrentado. No hay investigador. Todos nosotros como
lectores somos cómplices, porque sabemos que eso ha ocurrido en un mundo
paralelo.
... ... ...
Aprovecho el último cuento
comentado Áspera piedra, fría almohada
de donde he seleccionado cinco tankas de Haruki Murakami. Los tankas son poemas
de una enorme popularidad en Japón, muy similares a los haikus pero de cinco
versos. Los tankas son generalmente poemas de amor entre dos enamorados que se
comunican entre ellos con un lenguaje oscuro y críptico para esconder a los
demás el secreto de su relación.
1
Ya cae la tarde, / reino del desconcierto, / lluvia incesante.
Ya rasga el horizonte, / mira, el hacha sin nombre.
2
Áspera piedra, /sobre la fría almohada, / apoyo la sien,
palpitantes latidos / de mi sangre escucho.
3
Un largo trecho / se interpone entre ambos, / mar infinito.
¿Acaso fue sensato / volar hasta Júpiter?
4
Ahora o nunca, / este será el momento, / que no se escape.
Unamos nuestras manos, / que no se nos derrame.
5
¿Qué sucederá? / ¿Volveremos a vernos? / Nada está escrito.
Caprichoso destino, / ebrio de mil batallas.
Un joven bibliotecario de nombre Katka despierta una mañana con las manos manchadas de sangre, y se pregunta si ha podido matar a su padre a pesar de estar tan lejos de casa: «Quizá lo maté a través de algún tipo de sueño especial». También, a través de los sueños, hace el amor con su madre y con su hermana, algo que no puede admitir.
En japonés la letra Q (quiu) se pronuncia igual que el número 9. Estamos en la distopía del Gran Hermano de Orwell, de su libro 1984, que hay que recordar es un libro futurista, publicado en 1949, el año de nacimiento de Murakami. Fue el primer libro de Murakami que cayó en mis manos, y a pesar de las repeticiones que ensombrecen sus páginas lo he vuelto a leer años después. Yo ya tenía escrito en Facebook en 2011 que «El dia que aparezcan dos lunas (una grande y amarilla y otra pequeña y verde) por los arcos ojivales de la Catedral de Cuenca, a Haruki Murakami le concederán el Nobel». Quizá en un mundo paralelo de 1Q84 ya se lo han concedido.
(2013) Los años de peregrinación del chico sin color
Aquí ocurre lo mismo que después veremos en La muerte del Comendador. Tsukuru Tazaki, en un sueño viola y deja embarazada a una joven que termina suicidándose. Parece que en los temas de las relaciones sexuales no consentidas y la amistad entre hombres, la homosexualidad, en la obra de Murakami, hubiera encontrado su canal de expresión, o su excusa, en el sueño, o en el deseo inconsciente de su realización a través de mundos paralelos.
El protagonista, es un pintor de 36 años, retratista de empresarios de notable éxito en Tokio, donde vive con su esposa, Yuzu. Ella, tras seis años casados, le dice que tiene una relación con otro hombre y el protagonista, en proceso de divorcio, decide viajar en su coche por la costa de Japón.
Un amigo le deja una casa en medio del bosque y descubre en un desván un cuadro descatalogado, una obra maestra, que lleva por título La muerte del Comendador, basado en la ópera Don Giovanni de Mozart. Termina regresando con su esposa Yuzu.
«Hice el amor con Yuzu, en una especie de sueño mientras viajaba solo de ciudad en ciudad. Me colé en sus sueños y como resultado se quedó embarazada. Dio a luz a los nueve meses. Había fecundado a Yuzu en un mundo paralelo».
Rana salva Tokio:
En esta novela una lombriz gigante vive en las entrañas de la Tierra, despierta de su letargo tras el terremoto de Kobe del 95, y está llena de odio. Rana se presenta para evitar otro terremoto y así salvar la vida de 150.000 personas y la devastación de Tokio. Aquí vemos su filosofía de galletitas de la suerte. Rana cita a Nietzsche: «El grado más alto del conocimiento se alcanza con la superación del miedo». y a Konrad: «El auténtico terror es el que se siente hacia la propia imaginación», y también a Hemingway: «El valor definitivo de nuestra vida no lo decide nuestra manera de ganar sino nuestra forma de perder». Esta fantasía nos presenta la filosofía que ha ido adquiriendo de sus autores favoritos adaptados a un budismo zen de galletitas de la suerte. «El valor de la vida humana, dice citando a Dostoievsky, es una terrible paradoja según la cual, el hombre que ha creado a Dios es abandonado por ese mismo Dios». Sin embargo, y aquí perdonamos a Murakami tanta filosofía barata, ya que en una de sus entrevistas dice: «En un mundo en el que Dios ha muerto, sólo el arte y la literatura pueden salvar al hombre».
En Tokio blues, también nos presenta esta misma filosofía: «La vida es como una caja de galletas, las hay de muchas clases, algunas te gustan y te las comes y al final sólo quedan en la caja las que no te gustan. Por eso, cuando lo paso mal, pienso: Hay que acabar con esto cuanto antes, ya vendrán tiempos mejores, porque la vida es como una caja de galletas».
Es una reflexión sobre la vejez: «Cómo pasa el tiempo. Han transcurrido ya muchos años... Envejecemos lo que dura un parpadeo, todo parece tan breve, no hay marcha atrás, cada momento es un paso más hacia la decadencia y la extinción. Basta un instante, para que transiten del ámbito de lo que existe a lo que no existe, una gran cantidad de cosas, que son arrastradas como hojas de otoño por el viento frío de medianoche, sin dejar tras de sí vestigio alguno, solo recuerdos borrosos en los que no se puede confiar».
El narrador abandonado por su mujer dice «Me levantaba cada mañana a las 7, preparaba café, tostaba el pan, iba a trabajar, cenaba fuera, tomaba unas copas y, de vuelta a casa, me pasaba unas horas leyendo en la cama antes de apagar la luz. Los sábados y domingos, al no trabajar, iba por la mañana de cine en cine, y así mataba el tiempo; para no variar, cenaba solo, bebía unas copas y me dormía tras mi consabida lectura. De este modo, siguiendo el proceder de la gente que tacha uno tras otro los días del calendario, logré sobrevivir aquel mes».
Ya rasga el horizonte, / mira, el hacha sin nombre.
palpitantes latidos / de mi sangre escucho.
¿Acaso fue sensato / volar hasta Júpiter?
Unamos nuestras manos, / que no se nos derrame.
Caprichoso destino, / ebrio de mil batallas.