jueves, 25 de febrero de 2016

EL VUELO DEL ÁGUILA

La emisora crepita sin cesar las últimas noticias:
–Un Masserschmitt sobrevuela Escocia. Ha esquivado los radares de Dinamarca y los cazas de la RAF.
El cabo Wals anota en su libreta la hora y la probable ruta del intruso alemán:
–Hoy 10 de mayo de 1941, a las 8’50 PM, un avión enemigo se dirige hacia alguna posición cercana a Glasgow. George, hazme el favor de llevar esta nota al Coronel, te está esperando.
–¡Por mí como si se pudre en el infierno! -le da un mordisco a su sandwich de queso y lechuga-, ¡Estoy hambriento, John!
–No seas aguafiestas, o es que quieres acabar ante un pelotón.

El único ocupante del BF 110d, observa la noche cerrada, “las luces de la pista tienen que estar ahí”. La escasa luz de la cabina ilumina apenas el panel, donde una aguja señala el rojo agotado del fuel. “El Duque me ha traicionado” -piensa mientras da un golpecito con sus nudillos esperando un milagro que no llega. “El contador sigue a cero; altura 2000 metros, planeando a doscientos kilómetros por hora” -ahora debe cambiar de registro y utilizar las yardas y las millas. Se asegura el cinturón del paracaídas. Mira hacia abajo, solo se atisban las sombras. Es una maniobra que ha ejecutado mil veces, mueve hacia atrás la cúpula de cristal dejando que el aire entre a raudales. Gira el aparato boca abajo, suelta los anclajes del sillón y se deja caer hacia el vacío pensando por un momento en su hijo Wolf y su esposa Lise. Cuando llega al suelo irregular se tuerce un tobillo. Su grito queda amortiguado por el ruido sordo del avión de la Luftwaffe al estrellarse a lo lejos. Recoge el paracaídas y lo esconde tras unos arbustos. Se pone una gorra de visera justo a tiempo, porque aparece un campesino que lo mira como alguien vería a un aparecido.

–Me llamo Horn. Mi nombre es Alfred Horn.
El médico militar mueve su cabeza y ve al Coronel Hutchings entrando en la enfermería.
–¡Ese pie se ha hinchado de verdad!, y ¿cómo dice usted que se hizo el esguince M.Horn?
El paciente, sentado en una camilla, responde con un perfecto tono de hastío británico:
–Ya se lo he dicho mil veces. Yo estoy alojado en la mansión Dungavel, como invitado del Duque de Hamilton y de la Princesa Marina de Grecia. Su Alteza es una gran amiga de mi esposa que está emparentada con la casa de York. Después de una dura jornada de caza, salí a dar un paseo, me perdí y caí por un barranco, con la suerte de que…
–Ya, ya -interrumpe el Coronel-, el campesino pasaba por allí y bla-bla-bla. Pero resulta que hemos tenido una noche un poco movidita. ¿No oyó usted ningún avión M.Horn? El campesino que lo encontró asegura que fue una casualidad extraordinaria, pero insiste que su aparición fue simultánea. Sargento -se dirige al hombre que empuña un fusil de asalto-, dígale al cocinero que le prepare una frugal comida militar al señor Alfred Horn.
El Sargento sale de la estancia, lo que aprovecha el piloto para levantarse de la camilla y cojeando levemente se dirige al Coronel Hutchings:
-–Entiendo su maniobra Coronel, y se lo agradezco. Estoy empezando a cansarme de esta comedia. Es cierto que me une una gran amistad al Duque, pero deben comprender que traigo un mensaje del Alto Mando, para ofrecer la paz entre nuestros países.

En la Torre de Londres, a la espera de un juicio por crímenes contra la humanidad, el antiguo Jefe de las SS, Rudolf Hess, segundo en el mando de la Alemania nazi y Ministro del Interior de Adolf Hitler, mide con grandes pasos su estoica celda, dirige una breve mirada a un papel garabateado sobre una mesa de madera, se para frente a los barrotes de la ventana, apoya una mano sobre las paredes de piedra y suspira con amargura:

–¡El sobre estaba vacío!

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