Y en la tercera, los poemas de Cuenca, romances de Poyatos, deTragacete y de Cuenca.
Termina el poemario con la Nana de Cuenca que da nombre a este pequeño libro, prologado maravillosamente por MAG, amiga y poeta.
(Dedicado a Walt Disney)
Todo el mundo sabe que
en realidad los cerditos eran cuatro. El último murió en la sala de partos del
Saint Disney, asistido por Peggy Sue, comadrona con mala reputación, por haber
sido contable de PlayBoy. Las malas lenguas aseguran que su zurda, cerca de
unos fórceps se transformaba en máquina letal. Hurgar, rascar, sajar, eran sus
aficiones favoritas. Después de aquel fracaso descubrieron su oscuro secreto:
no tenía estudios de enfermería. Gracias a su melena pelirroja y su voz
melodiosa consiguió contrato de stripper en la Warner. Hoy vive retirada en
Cayo Sésamo, al ladito de un divo orejudo.
En un país de monárquicos sólo el rey puede ser republicano.
Disfrutemos de las ventajas de una monarquía constitucional.
Monarquía es el gobierno de uno solo, luego uno solo se gobierna a sí mismo. “Bajo mi capa al rey capo”, “So mi manta al rey mato”, decían los Lopes y Cervantes, del rey abajo ninguno.
God save the king, gritan los ingleses, larga vida al rey, pero, humano en sus errores, o divino en sus aciertos, vive el tiempo justo de dejar en herencia patrias divididas, así lo manifiesta la Historia. Cualquiera conoce lo que nos dejó el siglo XIX, isabelinos contra carlistas: guerra. Y el anterior, la decadencia de los Borbones, y un poco antes, la quiebra del tesoro público de los Austrias en manos de los banqueros genoveses, a quienes les llegaba todo el oro y la plata conseguida “de buena ley” en las Américas.
¡Ah, pero emperador, eso ya es otra cosa, rey y además coronado por la curia romana! Y qué grandes Napoleón, y Carlomagno, y Carlos I de España y V de Alemania, y Pedro el cruel, y Otón II de Baviera el alobado.
¿Qué diremos de Alfonso X el Sabio, o del sabio Salomón y sus amores con la reina de Saba, la que inventó las prendas íntimas para que no les colgaran sus partes a sus leales guerreros al montar a caballo?
¿Y de Alejandro desatando nudos, y de Ciro, y los grandes faraones?, ¿y de los reyes de la antigüedad que vivieron el diluvio y contaron por eones sus reinados?
El gran Khan y Julio César, estarían de acuerdo: todo para el pueblo pero sin el pueblo. Cuando es el pueblo el que levanta pirámides, acueductos y catedrales, y arcos de triunfo, y murallas, palacios y hospitales.
Gente anónima con los mismos reales defectos: caries, verrugas, forúnculos. Gente sin pretensiones salvo la de vivir un poco mejor cada día. Y morir con la dignidad y el respeto de los suyos.
“Qué más da ser rey –cantaba León Felipe-, que ir de puerta en puerta, qué va de miseria a miseria”.
Ya tenemos demasiados reyes en este país: el rey del pollo frito; el de oros, copas, bastos y espadas. Los reyes magos. El rey de la distancia más corta, y el de la más larga, en las olimpiadas, claro.
Afortunadamente, hay que decirlo: El rey es el Pueblo. El Pueblo soberano.
Todos los años por el mes de marzo una bandada de pájaros anida en la pared del porche que da al sureste. Son buenos ingenieros, y cada temporada amplían su habitáculo, a base de saliva y barro, hojas y plumas, casi como los humanos. Cuando te acercas demasiado gritan: "witt, witt", y chasquean sus picos, hasta que te vas lejos de sus polluelos. Estos comienzan a levantar vuelo a los veinte días de nacer y enseguida se buscan otro nido, porque este se les queda pequeño. Los ves volar de dos en dos, moviendo sus muslitos, haciendo círculos cada vez más amplios, sus flacuchas patitas parecen de personas voladoras en traje de frac. Así están todo el verano comiendo mosquitos, excretando en pleno éxtasis de tirabuzones, y luego, una noche oyes un grande alboroto de pájaros como si la pájara abroncara a su pareja por haber llegado tarde, y él replica: "Y tú qué sabes". Y sabes que el verano termina y las golonniñas se irán a la china, a otros bosques, a otros paisajes, allá donde la gente viste piel amarilla y mira con sus ojillos como dos líneas revoloteando sobre el horizonte.