martes, 3 de enero de 2017
lunes, 2 de enero de 2017
El Festival de los Animales y 50 minicuentos de la Luna Roja
31 EL
PRINCIPITO
El
capitán Leo Sky Walker se pasea al exterior de su nave Enderprise, y ve,
mirando hacia abajo, Asia a un lado, al otro Europa y allá a su frente
Istambul.
Cuando
un planeta diminuto se acercó a su nave, pensó por un momento que lo iban a
abordar.
Pero
su único habitante, un pequeño ser rubio con una corona carmesí y una capa
adornada de estrellas se lo quedó mirando con tristeza y le preguntó:
-¿No
tendrás por casualidad una nube para prestarme?, porque en el último planeta
que visité había un desierto y la serpiente que vivía allí estaba sedienta.
-No
sé –contestó el capitán-, puede que en la bodega tenga algo guardado en una
caja.
Una
gran sonrisa iluminó al pequeño, como si un sol acabara de visitar ese pequeño
rincón de la Galaxia.
martes, 27 de diciembre de 2016
miércoles, 21 de diciembre de 2016
jueves, 18 de agosto de 2016
domingo, 12 de junio de 2016
UNIVERSO PARALELO
‘La noche
en la que tres cuchillos se apiaden de tu alma,
en la esquina del Alto Amanecer,
allá te estaré esperando’.
Poema de las tres lunas. Autor anónimo.
–Empuja tu carro, vamos
empuja, sigue empujando, hijo de la escoria.
Los aniquiladores empuñan látigos de fuego que silban con estruendo alrededor de las patas de los condenados.
–El libro -susurra Roeb.
–¿Qué? -lo mira asustado su compañero-. ¿Lo has leído?
–Dice que todo esto ya ha ocurrido antes. Que estos brutos…
–¡Eh, tú, desperdicio, empuja tu carro!
–…desaparecerán.
–¿Y dice cuándo ocurrirá?
–Sí, el libro habla del quinto amanecer blanco.
–¡Bah!, tonterías, tú no sabes leer.
–Y que vendrá el Gran Ser sobre una nube…
–Vamos, esclavos, vaciad el carro -ruge el vigilante.
–… y nos liberará.
–Empuja tu carro, vamos empuja, sigue empujando, hijo de Sorb.
Los látigos de fuego silban entre las patas de los condenados.
La pequeña estrella roja ilumina apenas las piedras que Roeb tiene que recoger despellejándose las garras. Es ahora el turno de Chrun para empujar.
Los aniquiladores empuñan látigos de fuego que silban con estruendo alrededor de las patas de los condenados.
–El libro -susurra Roeb.
–¿Qué? -lo mira asustado su compañero-. ¿Lo has leído?
–Dice que todo esto ya ha ocurrido antes. Que estos brutos…
–¡Eh, tú, desperdicio, empuja tu carro!
–…desaparecerán.
–¿Y dice cuándo ocurrirá?
–Sí, el libro habla del quinto amanecer blanco.
–¡Bah!, tonterías, tú no sabes leer.
–Y que vendrá el Gran Ser sobre una nube…
–Vamos, esclavos, vaciad el carro -ruge el vigilante.
–… y nos liberará.
–Empuja tu carro, vamos empuja, sigue empujando, hijo de Sorb.
Los látigos de fuego silban entre las patas de los condenados.
La pequeña estrella roja ilumina apenas las piedras que Roeb tiene que recoger despellejándose las garras. Es ahora el turno de Chrun para empujar.
‘El Acantilado
tiene la profundidad de un volcán
y nunca se llena’.
Poema de la Revolución. Autor anónimo.
miércoles, 8 de junio de 2016
ANA Mª MATUTE (1925-2014), CUENTOS DE LA PUERTA DE LA LUNA
Ana
Mª Matute, letra K de nuestra Academia, premiada con el Nadal en 1947 y el
Cervantes del 2010 por toda su trayectoria, bien pudo haberse convertido en
nuestra princesa de las Artes y las Letras, incluso mereció en alguna ocasión el
Nobel de Literatura.
Este
libro, de mucha lectura, casi 700 páginas, es un recopilatorio de sus cuentos,
desde Los niños tontos de 1956,
pasando por Historias de la Artámila
de 1961, con relatos de los años 60, con una pausa en el tiempo de 25 a 30 años,
para acabar en dos relatos de 1993 y 1998.
La
escritora se nos cuela de sopetón con una introducción Los cuentos vagabundos, elaborando su teoría de que los cuentos,
viajan de un país a otro, se adaptan al paisaje y a las costumbres de sus
habitantes, como el que le contaba su abuela en la riojana Mansilla de la
Sierra sobre La niña de nieve, cuyo
origen ucraniano nos revela.
Esos
cuentos peregrinos tienen una voz propia en las cuartillas y adquieren un matiz
roto con la distancia de la memoria en la posguerra de esos niños tontos, que
han perdido la sonrisa y la inocencia. Son personajes que, como cuentecillas,
se van engarzando como perlas negras en un collar que pesa como una losa: la
niña fea; el negrito al que le arrancó los ojos un gato por pura envidia; el
niño que no sabía jugar y que su madre, como por una rendija, descubre que le
arrancaba la cabeza “crac”, a todos los animales que apresaba: grillos, ranas,
con sus uñas sucias y negras; o el otro niño, el del altar, “Ay, pobre de mí,
que estaba triste y ha venido a mi escuela”.
“Los
niños, dice en un relato, eran a un tiempo buenos y malos, tristes y alegres,
pobres y ricos”.
Su
escritura nos va dejando pinceladas de color entre tanto recuerdo gris:
“Recordaba la panza blanca de la gaviotas que volaban sobre el agua, donde
había grandes islas de colores violeta, verde y amarillo”. Su verbo fácil y
medido: “El perro negro ladraba”. Es una prosa, que hoy llamaríamos poética: “Dentro
de las barcas, los pescadores comían en círculo, descalzos”; pero curiosamente
no hay espacio para la poesía, solo aparece, como un recuerdo fijado que se
repite: “piden agua, piden pan, / no les dan…”.
El
ritmo es lento como si asistiéramos a un entierro mexicano de algún episodio del olvidado Pere Calders; o a una escena en
Macondo, como en el relato La ronda,
donde se respira en cada frase la magia que Gabo plasmaría diez años después en
Cien años de soledad, como si el
realismo mágico hubiera encontrado ahí su origen natural.
Este
lugar es un espacio para encontrar los cuentos de siempre desde otra dimensión,
la de los sabañones en la infancia, de la sed que el agua del mar no puede calmar,
la del bocadillo de pan con chocolate a las seis y media de la tarde.
Un
ejemplo de anti-cuento lo tenemos en La
Virgen de Antioquía, en la que el cuento clásico de La cenicienta queda
transformado por arte de birlibirloque en la violación de la pobre huérfana, en
la verbena de un pueblo.
Por
toda la tristeza latente en cada una de las páginas yo no catalogaría esta obra
como un libro de cuentos, ni siquiera de anti-cuentos, sino más bien de
vivencias, que con el bálsamo del tiempo se van suavizando y cicatrizando.
Ana
Mª Matute, nos dio un ejemplo singular, con el paso de los años, ella, decía,
no se sentía vieja su corazón seguía
siendo joven.
Etiquetas:
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